Hola, y bienvenidos. Soy la Abuela Pilar Montes, nacida en una aldea asturiana colgada entre castaños, donde el orbayu lo riega casi todo y lo que no, lo riego yo. Me crie entre el pote de la lumbre y la pumarada de mi padre, y de las dos escuelas salí con los mismos títulos: paciencia, memoria y buen apetito. Este sitio es mi manera de seguir transmitiendo lo aprendido, desde el cuaderno de notas que nunca me abandona.
La aldea, antes que los libros
Mi güela Covadonga vivía en la casona de arriba, con un huerto que se descolgaba ladera abajo y un hórreo que olía a manzanas hasta bien entrado febrero. Los sábados subía yo a ayudarla, lloviera o tronara — y en Asturias, ya os digo que llovía. Ella no explicaba nada; me señalaba el surco con la cabeza, me ponía la fesoria en las manos, y trabajábamos calladas mientras las vacas sonaban a lo lejos. Con ella entendí que la tierra no tiene prisa, y que quien se la mete, lo paga en la cosecha.
De la cocina de abajo se encargaba mi madre: fabes con su compango, guisos largos de cuchara, arroz con leche requemado por encima. Entre las dos me repartieron la vida sin consultarme, y se lo agradezco cada día: la mitad en el huerto, la mitad en el fogón, y las dos mitades bien avenidas.
Cuarenta años de guisos y de pumarada
Durante más de cuarenta años llevé la casa de comidas de la aldea, una de esas con tres mesas y un menú que decidía la huerta cada mañana. Cerré hace unos años, cuando las rodillas dijeron basta de tanto ir y venir a la pumarada, y desde entonces tengo por fin tiempo para lo que siempre quise: escribir, injertar manzanos viejos, y recibir a mis nietos cuando bajan a la recogida de la manzana. Lo que sé no lo aprendí en cursos: lo aprendí pelando, sembrando, errando y volviendo a sembrar.
Ramón, y la escuela del orbayu
Compartí la vida con Ramón durante treinta y cinco años. Era de los de sidra natural y palabra corta, y cuidaba la pumarada como quien cuida un apellido: sin ruido y sin descanso. Se me fue un invierno, de repente, mientras podaba los manzanos de la linde. Sigo podándolos yo cada febrero, con un vecino que me echa una mano, y el día que escanciamos la primera botella del año, brindamos los dos mirando para la ladera.
De Ramón aprendí a leer el cielo del Cantábrico, que cambia de opinión tres veces antes de comer. No creo en fórmulas mágicas; creo en lo que he visto repetirse cuarenta otoños seguidos: que la berza agradece el frío, que la manzana buena pide ladera, y que contra el orbayu no se lucha — se siembra con él. Pensad de ello lo que queráis; yo nada vendo, y todo lo comparto.
Sidrina, y los pequeños placeres
Hoy vivo en la casona, con una perrina mestiza que se llama Sidrina y que se cree pastora de gallinas. Escribo estos artículos al amanecer, con el café puesto en la chapa, antes de salir a abrir el gallinero. Tengo mis flaquezas confesables: el queso de los puertos, que me pierde; el pan de escanda con mantequilla de la buena; y un culín de sidra bien escanciado, que para eso una es de donde es.
Lo que encontraréis aquí
Recetas de cuchara contadas como en familia, con sus tiempos y sus porqués, y al lado los consejos de la huerta de donde salen: cuándo sembrar la berza y el cebollino, cómo guardar la manzana en el hórreo sin que se pase, qué hacer con la huerta cuando el orbayu no da tregua. Trucos espigados en cuarenta años de aldea, y, de cuando en cuando, una historia que casi no tiene que ver con la cocina ni con la huerta, pero que me hace ilusión contaros.
Si mis palabras os acompañan un poco en vuestra propia cocina o en vuestro huerto, me daré por contenta. Y si queréis escribirme unas líneas, encontraréis todo lo necesario en la página de contacto. Os espero.
— Abuela Pilar, desde Asturias